Los domingos se trabaja en la choza.
Sonó el despertador con ese típico sonidito que realiza cada domingo el cual me levana para ir a trabajar a la choza ubicado en el paseo de la victoria, en la plaza victoria.
Se abrieron mis ojos de un jalón, casi bruscamente a las 6:00 am. Me sentía raro, no como habitualmente pasa, no como todos los domingos, me sentía bastante bien, con energía, entusiasmado, no sentía mi cabeza estallar, no sentía el estomago devastado, ni mi departamento dar vueltas, no apareció ningún malestar, estaba completamente bien pues se debía a que el día anterior no me había emborrachado como de costumbre.
Prendí el estereo, puse al Charly García, el fantasma de Canterville y, me metí a bañar con agua tibia, termine el baño, me vestí y salí de mi departamento.
Me monte en mi troka y la calenté algunos 10 minutos. Entonces tome marcha. Mientras manejaba mi troka sobre el paseo de la victoria pensaba en que bien se siente acudir a trabajar con la cabeza tranquilamente, es decir, con todos los sentidos trabajando como corresponde.
Prometí no emborracharme los sábados por que así podría ir muy bien a trabajar los domingos. Estacione la troka donde siempre, me baje con unas ganas demenciales de desempeñar mis labores como nunca. Entre al restaurant, salude al Pelón que ya estaba allí pintando el menudo, lo salude solamente con la mano y lo que vagamente recuerdo haberle comentado fue lo siguiente; ando al 100, seguido de otro comentario que quizá lo sacudió, pues no entendió del todo y, seguramente mi comentario le pareció ajeno, fue algo así: Únicamente con el ojo del arte puede el pensador penetrar en el corazón del mundo. Su gesto fue de seriedad, probablemente pensó; este guey todavía debe andar pedo, pero no fue así, me encontraba entusiasmado y con deseos de amar el mundo.
Le sonreí ligeramente. Me puse mi mandil azul y me dirigí a hacer los filtros de café con canela correspondiente a lo que me pertenecía hacer. Se llegaron las 7 de la mañana, hora de entrada, se presentaron los demás empleados, llego el Coricho y me saludo con su sonrisa sarcástica que muchas veces duele verla especialmente cuando uno anda crudo, sin ganas de nada. En esta ocasión no, me pareció agradable verlo. Transcurrió el tiempo, los clientes se presentaron, el restaurant se abarroto, típico de un restaurant donde su especialidad es el menudo y los tamales. Mi labor es atender las mesas, es decir, mi trabajo es el de un mesero, entonces empecé a atender mesa tras mesa, en una de ellas particularmente se presento una pareja, un hombre de complexión robusta, de tamaño mediano, con rostro cacarizo. La mujer delgada, con cabellera corta, rostro blanco, con una actitud que a mi punto de vista fue simpático, introvertida, con carácter jovial, lo contrario a su acompañante. Su orden fue de lo más sencillo, dos platos de menudo chico y dos tazas de café, al haber concluido su orden completa la mujer se aventura a romper el hielo, cliente y mesero, la mujer con vos dulce me hace una pregunta mas allá de solicitar mis servicios.
-¿joven, disculpe?- me dice la mujer de algunos 30 años y con una seriedad estoica.
-Usted que tiene una rostro de ser una persona seria, muy inteligente y que con esos lentes que trae hasta se ve como si fuera un intelectual.- Yo reí.
-¿le puedo hacer una pregunta?- Cuestiono nuevamente con seriedad la mujer.
Yo le respondí con un si instantáneamente pues se trataba de un cliente y sobre todo mi curiosidad de filosofo me orillaba a tal grado de saber ansiosamente su pregunta, supe que no se trataba de mis servicios así es que espere su pregunta.
-¿sabe usted joven por que el mar no se puede secar?- Me pregunto.
Me desconcertó su pregunta profundamente pues nunca había pensado en algo de tal magnitud, tan profundo. Quizá me preguntaba algo así por que sospecho que aspiro a ser poeta o filosofo. Su acompañante me miro fijo esperando una respuesta, la cual no tenía con precisión. Me quede un instante parado frente a ellos reflexionando su pregunta que me pareció interesante, toda reflexión filosófica es de mi interés. Me hablo la mesa 2 solicitando más pan con mantequilla. Le dije a mis dos encuestadores, -déjeme pienso-, ellos accedieron y se pusieron a disfrutar su menudo. Pensaba un tanto turbado la respuesta. Solicité en mi memoria mis archivos de todo índole, Teológicos, filosóficos, un poco de matemáticas y física, pero nada. Entonces pensé en una solución más sencilla, esto no debía ser tan difícil como para pensar en tanto material, motivado en las palabras del poeta italiano Giacomo Leopardi cuando dijo: "un acto de poca filosofía es pretender que todo sea filosófico". Resolví en pensar solamente como punto de partida ¿Por qué el mar no se puede secar? Pensé en algunas cosas bastante erradas y simples, como; por que los peces morirían, por que Dios así no lo quiere, o absurdamente por que la expansión del universo es misteriosa o por que la poseía esta en el mar, etcétera. Pero yo sabia muy bien que estaba muy alejado de una respuesta coherente. Seguía atormentado y curioso por la pregunta de mis dos clientes. Pase a un costado de ellos. La mujer voltea y me ve, -¿ya tiene la respuesta joven?- Le presente un gesto con la cabeza negando su pregunta. -Piénsele-, me dice con sonrisilla burlona, pero no lo note.
Me levanta la mano el hombre con cara cacariza pidiendo la cuenta, se las sumo y les llevo el total con una par de mentas y un par de pica dientes, me dan el pago exacto, se levantan, el hombrecillo me da las gracia por mis servicios y sale disparado hasta el exterior del restaurante.
-¿Ya sabe la respuesta joven? -la mujer insiste.
Pienso en mi mente, aferrada.
Triste por mí fracaso en cuanto a mi respuesta,
Le comento con seriedad, pero turbado,
-Nunca había pensado en una pregunta tan sencilla. - le respondo tratando de ocultar mi incapacidad, tratando de ocultar mi tristeza al no haber encontrado una respuesta precisa o poco entupida.
La mujer me dice, -mire, precisamente la respuesta es también sencilla-.
Esperando la respuesta ansioso, como un filosofo al descubrir una verdad.
Me dice -el mar no se puede secar por que no tiene toalla.- Sonríe ligeramente y me dice -discúlpeme joven-, y se retira a toda prisa. Sentí un jalón en el estomago.
Se me nublo la vista. Perdí el espacio y el tiempo. Lo único que pude captar en mi cabeza fue la imagen del mar dándole el sentido que ella no le dio, es decir imagine el mar secándose la espalda con una toalla color anaranjado, se me fue la noción, estaba totalmente desconcertado, irritado hasta cierto punto. Regrese a la realidad. Voltee a ver la mesa donde mis ya rufianes habían comido y quizá formulado su fechoría, retire los platos y limpie la mesa, me habían dejado 50 pesos de propina, eso me alivió un poco. No comente esto con nadie. Permanecí en silencio el resto del día.
lunes, 27 de abril de 2009
Suscribirse a:
Entradas (Atom)